Alimento para el alma

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domingo, 30 de septiembre de 2012

SAN ANSELMO Y LA PALABRA DE DIOS


 
Cuenta una antigua tradición que un día, siendo San Anselmo prior del monasterio benedictino en Canterbury, se acercó un novicio a pedirle consejo y ayuda; he pasado meses y horas interminables leyendo las escrituras y trato que la palabra sea retenida en mi cabeza pero no puedo hacerlo y no puedo memorizarla, por lo que siento que es en vano todo el esfuerzo que hago; dijo el joven.

 

San Alselmo sonriendo sin más le pide al joven, ve al río a traerme agua y dándole una cesta que él traía untada de lodo, porque había estado en labores del campo lo despidió. El joven de manera obediente sin preguntar más, se fue al río y lleno de agua la cesta para luego volver al monasterio.

Llegó el muchacho pero en la cesta no había nada de agua y San Anselmo lo envía de nuevo y así sucesivamente diez veces al río a traer agua en una cesta llena de agujeros.

 

Para dar la enseñanza San Anselmo le dice al joven: crees tú que no trajiste nada nuevo al ir y venir a por el agua? Que pasó? El joven le contesta: pues nada, no he podido traerle el agua, ya que la cesta no retuvo ni un poco de agua en el fondo.

Pero luego le pregunta el prior, pero no te das cuenta de lo que pasa? Puedes ver que ciertamente el agua no se quedó en la cesta pero…recuerdas como te di esa cesta? Sí estaba llena de lodo y basura. Muy bien y ahora como la ves¡¡Pues está totalmente limpia!!

 

Y aún hay algo más… te fijaste todo lo que hiciste en el camino de regreso? Pues fui dejando toda el agua por el camino. Así es y esa agua ha sido bendición para todas las flores y hierbas del camino; flores que a lo mejor nunca nadie las había regado.

 
Te das cuenta… Ciertamente, la palabra de Dios es viva y poderosa, y más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta la médula de los huesos, y juzga los pensamientos y las intenciones del corazón. (Hebreos 4:12)

 

Si puede ver; la palabra de Dios al igual que el agua en la cesta no necesariamente será retenida, pero sus efectos son tan importantes porque penetra, limpia y purifica; arranca los malos pensamientos y pecados. Además como no puede ser retenida, debe de fluir y correr como las aguas de un río, como un caudal que es bendición pero que no puede estancarse porque ¨si se estanca se pudre¨; de la misma manera fluye cuando tu la compartes y repartes bendición por todo lugar que vas, eres bendición cuando esa palabra que te va purificando y limpiando, tú la compartes con otros hermanos tuyos.

 

Al terminar la reflexión y la enseñanza, el joven se fue largo rato a meditar frente a Jesús Sacramentado y recibió la confirmación de sus palabras. Desde entonces el muchacho leía siempre a diario la palabra de Dios, pero ya no le interesaba memorizarla porque él sabía que esa palabra era como el agua pura y llena de vida, que estaba trabajando en su interior, limpiando su alma, espíritu y corazón; en cambio se esforzaba por compartir todo lo que leía con otros, les daba consejo, les hablaba de sus experiencias y el Señor actuaba grandemente por medio de su predicación.

 

Pidamos siempre a Dios, para que siempre que vayamos a la lectura de su palabra recibamos sanidad, limpieza y renovación de espíritu, Fe, Esperanza y Amor. Que no tengamos en tan alta estima el memorizar textos de su palabra sino mas bien el practicarla y hacerla vida en nosotros; que no nos alegremos por hacer y recibir milagros sino más bien porque nuestro nombre esté escrito en el libro de la vida.

 

Porque el conocimiento y la sabiduría, cuando son de Dios llevan a la humildad y a la Santidad. Pero cuando son del mundo solamente llevan al orgullo y vanidad; pues de que sirve conocer y saber definir el misterio de la Trinidad, si no agradamos a la Trinidad?

De que nos sirve saber y conocer de Dios, si no vivimos de modo que sea nuestra vida una ofrenda agradable para el Dios todo poderoso?

 

Que tengas paz y bien en tu corazón, reine el Amor en nuestras vidas, para que por el sacrificio perfecto de Cristo, nosotros recibamos el regalo de la vida eterna.
Shalom!

domingo, 29 de abril de 2012

EL ANILLO DEL MAESTRO


-Vengo maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no hago nada bien, que soy torpe y todos me rechazan. ¿Cómo puedo mejorar?, ¿qué puedo hacer para que me valoren más?

El maestro le dijo: -Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizá después... -Y haciendo una pausa agregó: -Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y tal vez después pueda ayudar.

-E... encantado maestro -titubeó el joven, pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas.

-Bien -asintió el maestro. Se quitó un anillo que llevaba puesto en el dedo pequeño de la mano izquierda y se lo dio al muchacho, agregando: -Toma el caballo que está ahí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa lo más rápido que puedas.



El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara, hasta que un viejito se tomó la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo.
Después de ofrecer su joya a todo el que se cruzaba en su camino, y abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó. Entró a la habitación, donde estaba el maestro, y le dijo:
-Maestro, lo siento pero no es posible conseguir lo que me pediste. Quizá pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que pueda engañar a nadie respecto al verdadero valor del anillo.
-Qué importante lo que dijiste, joven amigo -contestó sonriente el maestro -Debemos primero saber el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. Quién mejor que él para saberlo. Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. No importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.

Llegó a la joyería, el joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó, y luego dijo: -Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.
-58 monedas?! - exclamó el joven.
-Sí -replicó el joyero -Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé... Si la venta es urgente...
El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.
-Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo.

-Tú eres como este anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto.
¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor? Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda.