Alimento para el alma

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jueves, 10 de noviembre de 2011

ALGUN DIA SE LO DIRE A MIS HIJOS

Cuando ellos te dicen ¡Tú no me quieres!

¿Cuántas veces nos habrán espetado este reproche nuestros hijos
?
¿Y cuántos como padres o madres, nos habremos aguantado las ganas de decirles lo mucho que los amamos??

Algún día, cuando estén en edad de comprender
los móviles de la conducta de un padre, les diré a mis hijos:

Te amaba lo suficiente
para fastidiarte preguntando, cada vez que salías, adónde ibas, quién te acompañaba y a qué hora volverías a casa
.

Te amaba lo suficiente
para callarme mi opinión y dejarte descubrir por ti mismo que aquel amigo que habías escogido tan cuidadosamente era un cualquiera.

Te amaba lo suficiente para estarme dos horas viendo cómo ponías en orden tu habitación, tarea que yo habría hecho en 15 minutos.

Te amaba lo suficiente para no buscar disculpas a tus impertinencias y a tus malos modales.

Te amaba lo suficiente para no tener en cuenta lo que otros padres decían o hacían.

Te amaba lo suficiente
para adivinar tus mentiras... y perdonártelas luego de confirmarlas.

Te amaba lo suficiente para dejarte tropezar, caer y fracasar para que aprendieras a valerte por ti mismo.

Te amaba lo suficiente para aceptarte tal como eres, sin pensar en lo que yo quería de ti.

Y sobre todo te amaba lo suficiente para negarte
algo, a sabiendas que me detestarías. ESO ERA LO MÁS DIFICIL DE TODO.

Algún día comprenderás hijito mío, que todo lo hice por amor y que hasta la última palabra de mi boca buscaba tu bienestar...
Romanos. 8,28
El que quiera entender que entienda.

PAPA OLVIDA


Escucha, hijo: voy a decirte esto mientras duermes, una manecita metida bajo la mejilla y los rubios rizos pegados a tu frente humedecida.
He entrado solo a tu cuarto. Hace unos minutos, mientras leía mi diario en la biblioteca, sentí una ola de remordimiento que me ahogaba. Culpable, vine junto a tu cama.
Esto es lo que pensaba, hijo: me enojé contigo.
Te regañé porque no te limpiaste los zapatos. Te grité porque dejaste caer algo al suelo.
Durante el desayuno te regañé también. Volcaste las cosas. Tragaste la comida sin cuidado.
Pusiste los codos sobre la mesa. Untaste demasiado el pan con la mantequilla. Y cuando te ibas a jugar y yo salía a tomar el tren, te volviste y me saludaste con la mano y dijiste: “¡Adiós, papito!” y yo fruncí el entrecejo y te respondí: “¡Ten erguidos los hombros!”
Al caer la tarde todo empezó de nuevo. Al acercarme a casa te vi, de rodillas, jugando en la calle. Tenías agujeros en las medias. Te humillé ante tus amiguitos al hacerte marchar a casa delante de mí.
Las medias son caras, y si tuvieras que comprarlas tú, serías más cuidadoso. Pensar, hijo, que un padre diga eso.
¿Recuerdas, más tarde, cuando yo leía en la biblioteca y entraste tímidamente, con una mirada de perseguido? Cuando levanté la vista del diario, impaciente por la interrupción, vacilaste en la puerta.
“¿Qué quieres ahora?”, te dije bruscamente.
Nada respondiste, pero te lanzaste en tempestuosa carrera y me echaste los brazos al cuello y me besaste, y tus bracitos me apretaron con un cariño que Dios había hecho florecer en tu corazón y que ni aun el descuido ajeno puede agostar.
Y luego te fuiste a dormir, con breves pasitos ruidosos por la escalera.
Bien, hijo: poco después fue cuando se me cayó el diario de las manos y entró en mí un terrible temor. ¿Qué estaba haciendo de mí la costumbre?
La costumbre de encontrar defectos, de reprender; ésta era mi recompensa a ti por ser un niño. No era que yo no te amara; era que esperaba demasiado de ti. Y medía según la vara de mis años maduros.
Y hay tanto de bueno y de bello y de recto en tu carácter. Ese corazoncito tuyo es grande como el sol que nace entre las colinas.
Así lo demostraste con tu espontáneo impulso de correr a besarme esta noche. Nada más que eso importa esta noche, hijo. He llegado hasta tu camita en la oscuridad, y me he arrodillado, lleno de vergüenza.
Es una pobre explicación; sé que no comprenderías estas cosas si te las dijera cuando estás despierto.
Pero mañana seré un verdadero papito. Seré tu compañero, y sufriré cuando sufras, y reiré cuando rías. Me morderé la lengua cuando esté por pronunciar palabras impacientes. No haré más que decirme, como si fuera un ritual: “No es más que un niño, un niño pequeñito”.
Temo haberte imaginado hombre.
Pero al verte ahora, hijo, acurrucado, fatigado en tu camita, veo que eres un bebé todavía. Ayer estabas en los brazos de tu madre, con la cabeza en su hombro.
He pedido demasiado, demasiado…

W. Livingston Larned

fuerte y profundo sentiemiento de amor por un hijo, nada en el mundo se le compara, si eres padre o madre no seas severo con tus hijos, exige pero también ama; corrige pero también comprende. No olvides que tú fuiste un niño y necesitaste de tu Papá! viviste desprecios o dureza... pero no por eso debe pagar tu hijo la culpa.